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Esto es lo primero que debes hacer para ayudar a que una persona sane, según el psicólogo Carl Jung

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/11/2017

Carl Jung explica lo que un médico o terapeuta (o alguien que quiere ayudar) debe de primero trabajar en él mismo. Curiosamente exactamente la misma recomendación que hace el maestro budista Chögyam Trungpa

Ya sea que nos dediquemos a la medicina o a la terapia o que simplemente tengamos contacto con una persona enferma, en muchos de nosotros surge la interrogante de cómo realmente ayudar a una persona enferma física o psicológicamente (y comúnmente descubrimos que no es fácil dividir una enfermedad mental de una supuestamente sólo física).¿Cómo dirigir nuestra intención de ayudar para que sea realmente efectiva, que no sea estéril o que no sea una proyección de nuestros propios juicios sobre lo que creemos es la salud o lo que creemos que una persona debería de hacer? La clave parece estar en la compasión sincera y en la aceptación de la persona tal como es, paradójicamente, para sanar primero debemos de aceptarla como está, sin querer cambiarla. Comúnmente cuando lidiamos con una persona profundamente enferma, decimos que queremos ayudarla pero no la aceptamos con sus defectos y problemas, así que en realidad no la queremos -aunque digamos que sí. Comúnmente decimos que su dolor nos duele, pero generalmente evitamos abrirnos completamente y sentir genuinamente su dolor como si fuera nuestro, ponemos ciertos límites. Y la persona afectada lo que de alguna manera quiere es ser comprendida en su dolor, que alguien la acepte y la entienda. Esto lo explicó mejor el psiquiatra y psicólogo analítico Carl G. Jung, una persona ciertamente calificada para evaluar la relación entre un paciente y su médico o su terapeuta y los procesos psicológicos que intervienen de parte de ambos. En una conferencia, Jung dijo:

Las personas se olvidan de que incluso los doctores tienen escrúpulos morales y que algunas confesiones de los pacientes son difíciles de asimilar incluso para un doctor. Sin embargo, el paciente no se siente aceptado a menos de que lo peor de él mismo sea aceptado también. Nadie puede hacer esto con meras palabras. Viene solamente de la reflexión y a través de la actitud del doctor para consigo mismo y su propio lado oscuro. Si el doctor quiere guiar a otro o incluso acompañarlo a dar un paso en el camino, debe sentir con la psique de la otra persona. No puede sentirla cuando la juzga. Ya sea que ponga palabras a su juicio o se lo quede él mismo, esto no hace ninguna diferencia. Tomar la posición opuesta y acordar con el paciente de antemano tampoco sirve y lo enajena de la misma manera que la condenación. El sentimiento viene solamente de una objetividad sin prejuicios.

Jung sugiere que hay algo más allá de lo meramente científico y objetivo en la sanación de un paciente, el ser o alma se alimenta de un estado de compasión, comunión y profunda aceptación, de compartir el sufrimiento y entender que está bien sufrir o ser de cualquier forma. Tal vez al quitar el peso de ser juzgados, el ser humano se libera y se abre a la posibilidad de no contraer sus energías y dejar de estresarse. De alguna manera esta apertura libre de juicio del terapeuta o médico brinda significado o sentido a la vida del paciente. Jung agrega que se trata de:

un profundo respeto a los hechos -por el hombre que sufre por ellos y por el predicamento de la vida de ese hombre. La persona verdaderamente religiosa tiene esta actitud. Sabe que Dios ha hecho que sucedan todo tipo de cosas extrañas e inconcebibles y busca de las formas más curiosas entrar en el corazón de un hombre. Así entonces, siente en todas las cosas la presencia de la voluntad divina. Esto es de lo que hablo con objetividad sin prejuicios. Es un logro moral de parte del doctor que no se ve repelido por la enfermedad y la corrupción. No podemos cambiar nada si no lo aceptamos. La condenación no libera. Oprime. Y yo soy el opresor de la persona que condeno -no su amigo o par en su sufrimiento. 

El médico no se resiste a la enfermedad, no la ve como una aberración, como algo "malo" en sí mismo, sino la entiende como parte de la naturaleza. Esta visión es importante porque cuando el paciente también se deja de ver como alguien culpable o estigmatizado por una condición puede dejar de resistirse y dejar de aferrarse a su propia enfermedad -paradójicamente, por ejemplo, obsesionarse con curarse, suele producir el efecto contrario al deseado. Jung luego explica que para que el paciente pueda aceptarse y sentir la apertura de su médico, antes el mismo médico debe de haberse aceptado a sí mismo, haber hecho las paces con su propia sombra, con el lado negativo de su personalidad. 

Pero, si el doctor desea ayudar al ser humano, debe aceptarlo tal como es. Y sólo puede hacer esto realmente si antes ya se ha visto y aceptado tal como es él mismo. Tal vez esto suene simple, pero lo simple siempre es lo más difícil. En la vida real, se requiere del más grande arte para ser simple. Y así, la aceptación propia es la esencia del problema moral, y el examen crucial de la perspectiva que uno tiene de la vida. Que yo alimente al mendicante, que perdone un insulto, que ame al prójimo en el nombre de Cristo -todas estas cosas son sin duda grandes virtudes. Lo que hago en contra del menor de mis prójimos lo hago también a Cristo. ¿Pero qué si descubro que el menor entre todos ellos -el más pobre de los mendigos, el más imprudente de todos los agresores, el Demonio mismo- todos están dentro de mí? Y que yo mismo estoy en un estado de necesidad de mi propia generosidad. Que yo mismo soy el enemigo que debe ser amado. ¿Qué entonces?

Jung utiliza estas analogías religiosas que llevan al fundamento de su psicología que es la integración o individuación. La verdadera salud -más allá de tener esta o aquella otra enfermedad física que de alguna manera son inevitables- es haberse aceptado completamente y dejar de tener miedo de expresar el propio ser. Esto implica reconocer en el propio corazón la totalidad de la existencia, todo el dolor y todo el placer, el mal y el bien. La verdadera individualidad es la totalidad. Esto es expresado de otra forma en la palabra inglesa "health" que tiene la misma raíz que "whole" o que la palabra "holístico", la salud es la integración, ser todo lo que somos. 

Las conclusiones de Jung son notablemente parecidas lo que escribió el maestro budista Chögyam Trungpa Rinpoche, aconsejando a sus alumnos sobre cómo lidiar compasivamente con las demás personas. Trungpa parte del principio que enseña el budismo tántrico de que la naturaleza base de todos los seres es la compasión y la sabiduría -este su estado natural. Partiendo de ese principio uno ve más allá de las manifestaciones someras de una enfermedad y reconoce el principio en común que tiene con la persona. De la misma manera que Jung, Trungpa plantea que el sanador o el maestro espiritual debe de tener un proceso individual muy desarrollado para ser capaz de ir más allá del aferramiento egoísta que se rehusa a sentir el dolor del otro como el propio.

Si el paciente se siente terrible, el sanador recoge esa sensación del malestar del paciente: por un momento siente lo mismo, como si él mismo estuviera enfermo. Por un momento los dos no están separados y un sentimiento de autenticidad ocurre. Desde la perspectiva del paciente esto es exactamente lo que se necesita: alguien que reconozca su existencia y el hecho de que realmente necesita ayuda. Alguien que en verdad vea su enfermedad. El proceso de sanación puede entonces empezar en el estado del paciente, porque se da cuenta de que alguien se ha comunicado con él completamente. Ha habido un mutuo atisbo de un terreno en común. Las bases subyacentes psicológicas de la enfermedad se empiezan a resquebrajar, se disuelven...

En este punto, no hago distinción entre médico y psiquiatras: ya sea que estemos lidiando con el nivel psicológico o físico, la relación con el paciente debe ser exactamente la misma. La atmósfera de aceptación es extremadamente simple pero efectiva. El punto central es que paciente y sanador compartan la sensación de dolor y sufrimiento -la claustrofobia o el miedo o el dolor físico. El sanador se tiene que sentir parte de todo el engranaje. Parece que muchos sanadores evitan tal identificación; no quieren involucrarse con una experiencia tan intensa. En lugar de esto, la juegan de manera desafectada y despreocupada, tomando un perspectiva más de negocios.

Todos hablamos el mismo lenguaje; experimentamos el mismo tipo de nacimiento y exposición a la muerte. Así que hay seguramente un vínculo, algo de continuidad entre tú y el otro. Es algo más que mecánicamente decir "Sí, ya sé, duele mucho." En vez de sólo simpatizar con el paciente, es importante realmente sentir su dolor y ansiedad. Luego puedes decir "Sí, siento el dolor", pero de una forma distinta. Relacionarse con completa apertura significa que estás completamente cautivado por el problema de alguien más. Puede que exista un sentido de no saber bien cómo manejarlo y sólo hacer lo mejor que puedes, pero incluso tal torpeza es una afirmación enormemente generosa. Así que una completa apertura y una perplejidad se encuentran en un punto muy sutil.

Trungpa hace énfasis en el poder de la comunicación que se libera cuando el paciente siente que alguien realmente comparte su dolor, esto opera una suerte de magia sanadora, un rapport, una transferencia positiva que disuelve la enfermedad en el hecho de que nadie se aferra a ella demasiado, porque hay esta apertura que permite fluir.

Si tienes una meta, entonces estás tratando de manipular la interacción y la sanación no puede ocurrir. Debes entender a tus pacientes y motivarlos a que se comuniquen, pero no puedes forzarlos. Sólo entonces puede el paciente -que había estado sintiendo una sensación de separación, que es a su vez una sensación de muerte- empezar a sentir que hay esperanza. Por fin a alguien realmente le importa; alguien realmente lo escucha, aunque sea unos pocos segundos. Esto permite que ocurra una genuina e intensa comunicación. Dicha comunicación es sencilla: no hay truco o compleja tradición que aprender. No es una cuestión de aprender sino de simplemente dejar que suceda. 

Psiquiatras y médicos, al igual que los pacientes, deben de aceptar su sensación de ansiedad sobre la posibilidad de dejar de existir. Cuando hay apertura, el sanador no tiene que resolver completamente el problema de la persona. Ese acercamiento de tratar de reparar todo ha sido en el pasado siempre un problema; tal acercamiento crea una serie de sucesivas curas y decepciones, que van de la mano. Una vez que el miedo básico es reconocido, continuar con el tratamiento es muy fácil. El sendero viene a ti: no hay necesidad de crear el sendero tu mismo. Los profesionales de la sanación tiene la ventaja de poder desarrollarse a sí mismos, al trabajar en una gran variedad de situaciones que vienen a ellos. Hay innumerables posibilidades para desarrollar la conciencia y la apertura. Claro que es más fácil simplemente hacer menos a tus pacientes y a sus predicamentos, pensando que eres afortunado de no tener sus enfermedades. Te puedes sentir superior. Pero el reconocimiento de ese terreno en común -la experiencia de nacimiento, envejecimiento, enfermedad y muerte, y el miedo que los subyace- trae una sensación de humildad. Este es el comienzo del proceso de sanación. El resto parece seguir fácil y naturalmente, basado en la compasión y sabiduría inherentes. Este no es un proceso particular místico o espiritual; es la simple experiencia humana ordinaria. La primera vez que intentas acercarte a alguien así puede ser difícil. Pero se hace ahí mismo [sin pensarlo demasiado].

Y, finalmente, ¿qué significa cuando decimos que un paciente ha sanado? Sanar, irónicamente, significa que una persona ya no se avergüenza de la vida; es capaz de enfrentar la muerte sin resentimiento o expectativa.

 

 

Las adicciones al porno, a los smartphones, a las redes sociales y demás plataformas y productos digitales son mediadas por la dopamina de fuente digital, por un diseño y una programación que ha incorporado no tanto el placer sino la constante anticipación del placer

Al parecer hemos llegado al punto en el que existe finalmente una conciencia más o menos generalizada -y ciertamente en aumento- de que la tecnología digital está afectando seriamente algunas de las facultades más básicas del ser humano -fundamentalmente, la atención, la voluntad y la capacidad de conectar de manera íntima, sin mediación. Marshall McLuhan, quizás el más grande teórico de medios del siglo XX, en reiteradas ocasiones afirmó que la tecnología y los nuevos medios se desarrollan a una mayor velocidad que la capacidad de reflexión de la sociedad y, por lo tanto, entendemos los efectos de un medio en nuestras propias facultades cuando ya estamos incrustados casi irreversiblemente en su ambiente, cuando ya hemos sido alterados en diferentes formas. Y es que los medios -digitales y análogos- son extensiones de nuestros sentidos, pero siempre en un proceso de retroalimentación; amplifican nuestros sentidos y nuestras capacidades cognitivas pero también las amputan y las adormecen, nos dan pero también suelen quitarnos. Esto nos está sucediendo con el Internet a una escala nunca antes vista. Algunas personas creen que esto ocurre cada tanto con una nueva tecnología, como una recurrente paranoia conservadora. Por ejemplo, se criticaba que las personas pasaban demasiado tiempo platicando de cosas banales cuando se masificó el teléfono. La diferencia estriba, según Tristan Harris, ex desarrollador de Google, en que las compañías de teléfono no tenían a cientos de diseñadores e ingenieros trabajando todos los días -sirviéndose de la última investigación no sólo en cuestiones de desarrollo y marketing sino de neurociencia y psicología conductual- para hacer más atractivo tu teléfono con la intención de que pases más tiempo usándolo. 

En este artículo intentaremos explicar cómo la tecnología digital se ha convertido en una adicción global que “ha secuestrado nuestras mentes”, usando las palabras de Tristan Harris. Harris es sólo uno entre un importante grupo de ejecutivos, programadores y diseñadores de empresas como Google, Facebook, Twitter y demás, que están dejando sus puestos, apagando sus aparatos y “sonando el silbato” para advertir sobre las profundas consecuencias que tiene el estar desarrollando tecnología supeditada a las demandas de lo que ha sido llamada la “economía de la atención”. Esto es, una economía basada en la captura de la atención de los usuarios (antes llamados consumidores), la cual se traduce en datos que pueden ser vendidos o que pueden ser usados para hacer más inteligentes a las plataformas y generar anuncios más efectivos. The Economist recientemente anunciaba que los datos son ya el recurso más valioso en el mundo, superando al petróleo. Steven Kotler, autor de un reciente libro que investiga cómo la dopamina está alimentando la economía, sugiere que alterar los estados de conciencia es de una manera sutil el motor económico de la economía mundial. Esta industria, la cual calcula que vale más de mil billones de dólares y en la que incluye al porno y a las redes sociales, está basada en los estímulos digitales que provocan comportamientos adictivos que cautivan nuestra atención. Kotler advierte que, a diferencia de lo que ocurre con el alcohol y las drogas, donde existe una legislación y restricciones para su consumo, no tenemos regulación en el porno y las redes sociales. Estamos exponiendo a niños y adolescentes a potenciales drogas adictivas sin darles herramientas para defenderse de ellas.

Dentro de esta economía de la atención, la gasolina con la cual corren las plataformas de extracción de datos es lo que hemos llamado aquí la dopamina de fuente digital. Es la dopamina, que aumenta al interactuar con el newsfeed de Facebook, al anticipar likes de Instagram o al pensar que tal vez hemos recibido un mensaje, la que nos hace seguir pulsando la pantalla y pasando más tiempo “conectados” -tiempo que es siempre monetizado. Es discutible si las compañías de tecnología intencionalmente han explotado el mecanismo de recompensa del sistema de dopamina del cerebro -a la manera de taimados dispensadores de heroína o cocaína digital- o si lo han encontrado accidentalmente, como quien encuentra petróleo en su terreno. De cualquier manera, la absorción masiva de la atención humana en las pantallas digitales, algo que caracteriza como casi ninguna otra cosa a nuestra era, no puede explicarse sin las fluctuaciones de dopamina, la energía que mantiene a las masas activas generando capital digital. Actualmente, por ejemplo, diversos estudios muestran que una persona toca en promedio 2 mil 617 veces su teléfono al día y lo checa cada 15 minutos; en Estados Unidos, en el 2015, los niños de entre 13 y 18 años pasaron 9 horas al día conectados a medios digitales; los niños de 8 e 12 años pasaron 6 horas al día. Notablemente, un estudio reciente mostró que el solo hecho de estar con un smartphone en un lugar, sin ni siquiera usarlo, disminuye la capacidad cognitiva. Todo esto es evidentemente un despropósito de la tecnología, que claramente tiene un potencial de hacer nuestras vidas no sólo más cómodas e indolentes, sino más productivas e inteligentes. El problema yace en que la tecnología -esencialmente amoral- no está siendo diseñada para beneficiar al ser humano sino para producir más ganancias dentro de una tiránica economía global que tiene como fundamento el crecimiento infinito y no la verdadera prosperidad, algo que ha diseccionado brillantemente Douglas Rushkoff en su libro Throwing Rocks at the Google Bus. Hay una cierta lógica en que los datos se hayan convertido en el recurso más valioso y en que la economía se torne digital. Este impulso o ambición hacia seguir presentando más y mayores ganancias se topa con el impedimento de que los recursos naturales llegan a un punto de escasez, por lo cual es necesario moverse hacia otro reino: el digital. La información o los datos no tienen este mismo tope, son casi infinitos e inagotables; sin embargo, lo que sí es agotable (y lo que sí se deteriora) es lo que consumen: la atención humana.

Para entender cómo la tecnología digital se ha difundido casi ubicuamente en el mundo, dando lugar a la economía de la atención, debemos primero conocer qué es la dopamina y cómo efectúa lo que se conoce como el sistema de recompensa. Robert Sapolsky, profesor de biología de Stanford, es uno de los principales expertos en el tema. Mientras que la dopamina suele llamarse “el neurotransmisor del placer”, Sapolsky ha matizado que en realidad la dopamina es el neurotransmisor de “la anticipación del placer”. La diferencia es importante puesto que es esta anticipación de una recompensa (el placer) la que que nos impulsa hacia lo que se conoce como tareas orientadas hacia una meta y la cual permite una psicología conductual, o el reforzamiento de ciertas conductas a través de la promesa de una recompensa. La dopamina es lo que media o regula la motivación que sentimos para hacer algo. Es por esto que cuando nos volvemos adictos a ver porno en Internet o a ver fotos en Instagram no sólo comprometemos nuestro control de la atención, sino también nuestra fuerza de voluntad (esto lo veremos más adelante).

El experimento seminal que mostró que la dopamina está vinculada sobre todo con la anticipación de una recompensa fue realizado con un grupo de monos, a los cuales se les entrenó para realizar una tarea básica por la cual recibían una recompensa. Los monos debían apretar un botón unas 10 veces, después de las cuales recibían comida. Observando el cerebro de los monos, los científicos notaron que éste producía dopamina en cuanto detectaba la señal de que debían realizar la tarea -y la dopamina disminuía una vez que ya estaban disfrutando de la recompensa. Lo más relevante de esto es que cuando el experimento se realizaba de tal forma que los monos sólo recibían la recompensa un 50% de las veces, las descargas de dopamina subían enormemente, a niveles cercanos a los que produce la cocaína, superando por mucho a cuando recibían la recompensa el 100% de las veces. A esto Sapolsky lo llama “la magia del tal vez” (the magic of maybe). Algo de lo cual son completamente conscientes los dueños de los casinos en Las Vegas. Algunas máquinas tragamonedas están diseñadas para que se produzcan resultados muy cercanos al Jackpot, para que se estimule justamente esta magia del tal vez, la anticipación de que quizás la siguiente vez, ahora sí, será la buena. El genio de estas personas consiste en engañar a sus clientes para que piensen que lo que en realidad sólo tiene un 5% de ocurrir (o menos) tiene un 50% de posibilidades.

Tristan Harris sugiere que las plataformas de Internet funcionan de manera similar a los casinos, jugando con los estímulos de una “recompensa variable”, y que los teléfonos pueden ser vistos como máquinas tragamonedas (slot machines). El motor detrás de la tecnología digital que nos parece irresistible y fabulosa es justamente este enfrentarnos cotidianamente con la posibilidad, con quizás encontrarnos algo que nos produzca placer y nos dé sentido -y aunque el placer que recibimos puede ser menor y ciertamente efímero, el hecho de que la posibilidad esté siempre ahí, disponible, y que los mismos placeres estén intercalados de nuevas posibilidades y limitados a dosis intermitentes, es lo que los hace tan adictivos. Harris explica que al usar estas apps no sabemos si descubriremos un mail interesante, una avalancha de likes o nada. "Cada vez que haces un scroll-down es como una máquina tragamonedas de Las Vegas. No sabes lo que viene después. A veces es una foto hermosa. A veces es sólo un anuncio". La autora Susan Greenfield lo describe así:

Un pulso del dedo provoca un pálido resplandor. Esperas la cascada de dopamina de un mensaje entrante. Como un patológico apostador, vuelves a checar. Y otra vez. Alimentas tus impulsos narcisistas con unos tuits. Sin tener información cara-a-cara, bajas un peldaño a un amigo de Facebook [porque te comparas con él viendo sus posts]. Surfeando en tu soledad, le das like a algunos otros. Horas después de pájaros catapultados, picas el botón de “apagar”. Repites el ciclo. No te das cuentas de que tus sinapsis no están conectando.

Más allá de esta descripción un poco hiperbólica (necesaria a veces en la era digital para llamar la atención de los usuarios), estos tristes comportamientos suelen ser el resultado no sólo de la alienación que vivimos como personas o del contenido de nuestras vidas, sino del medio mismo, del contexto, del programa y de la programación en sí misma, el medio es el mensaje. Algunas de las más exitosas innovaciones en plataformas como YouTube o Facebook se sirven, intencionalmente o no, de este mecanismo de anticipación de la felicidad, de lo nuevo, de algo que nos guste más y nos entretenga. Por antonomasia, el newsfeed de Facebook es un algoritmo basado fundamentalmente en un circuito de recompensa y reforzamiento mostrándonos posts que no nos interesan mucho, anuncios y otros posts que nos producen una pequeña pero contundente dosis de placer. Al decirle a Facebook lo que nos gusta, nos aseguramos de que nos dé más de lo mismo, pero no siempre. (En este sentido la tecnología digital es como las relaciones amorosas, generan dopamina siempre que se mantengan un tanto impredecibles). El botón de like, implementado en el 2009, incrementó exponencialmente el engagement de los usuarios y puede considerarse un hito en la historia de las redes sociales -luego sería copiado por casi todas las otras redes. Un éxito rotundo no sólo porque afirmaba la necesidad de pertenencia y reforzamiento social de los usuarios, sino porque al hacerlo generaba una mina de oro de datos. Otras funciones dignas de considerarse son el autoplay de diferente sitios, el adictivo snapstreak de Snapchat y el popular push-to-refresh. Este último es particularmente sintomático. Existen funciones muy simples para que una página se actualice sola cuando se hace un scroll-down pero los usuarios prefieren ellos mismos dar un clic para que la página se refresque, quizás de la misma manera que los apostadores disfrutan jalar la palanca ellos mismos en una máquina tragamonedas para participar en lo que les aguarda. Ese instante de participación y anticipación es lo que nos engancha.

Ramsay Brown, cofundador de la startup Dopamine Labs, una compañía que abiertamente ofrece servicios para hacer que una app se vuelva adictiva aprovechando el sistema de recompensa de dopamina, explicó al popular programa 60 Minutes que Instagram, por ejemplo, en ocasiones retiene la notificación de los likes para soltarlos juntos en una ráfaga, en un momento predeterminado algorítmicamente “para hacerte sentir extragenial y asegurarse de que regreses”. El mismo Robert Sapolsky menciona que desde hace mucho tiempo los psicólogos que ayudan a optimizar las empresas saben de la importancia de recibir reforzamientos intermitentes para aumentar la productividad.

Sitios como Facebook -según muestra un documento interno filtrado- son actualmente capaces de determinar momentos específicos en los que adolescentes se sienten “inseguros”, “inadecuados” o “en necesidad de un boost de confianza”, es decir, momentos precisos para darles una dosis de reforzamiento que los haga querer seguir regresando (uno de esos posts que celebran tu amistad con alguien, tal vez) o mostrarles un anuncio que se aproveche de su vulnerabilidad. Aunque no sabemos si Facebook emplea esta información granular para personalizar el newsfeed conforme al momento emocional del usuario, el solo hecho de poder monitorear en tiempo real las emociones de sus usuarios es inquietante. Ramsay Brown, cuya filosofía parece ser algo así como “ya que no puedes vencerlos, mejor únete a ellos y agénciate una rebanada del pastel”, lo dice claramente: “somos parte de un experimento controlado que está ocurriendo en tiempo real, somos ratones de laboratorio picando botones”. Literalmente, como los monos del experimento citado por Sapolsky, que picaban un botón 10 veces hasta recibir una recompensa. La compañía de Brown, Dopamine Labs, incluso ha desarrollado un software inteligente llamado perversamente Skinner (como el psicólogo B. F. Skinner) que monitorea el comportamiento de los usuarios de cualquier app y conforme a esos datos hace recomendaciones para alterar la conducta de los usuarios y aumentar el tiempo de retención. Para hacer esto se basa en conocimiento de cómo funciona la motivación humana, según sus creadores. Los videos de marketing de esta compañía son realmente tenebrosos. Nótese fórmulas como “la dopamina hace a tu app adictiva e incrementa tus utilidades en un 16%” y “recablea sus hábitos y los mantiene enganchados”… “inserta un elemento de deleite después de la acción”. “No es qué das, sino cuándo lo das, debes crear un ritmo de reforzamiento”. El sistema de recompensa de la dopamina está siendo embebido a las aplicaciones que usamos todos los días. Dopamina en código.

Lo que más obviamente está siendo afectado por el diseño y la programación de la tecnología digital es nuestra capacidad de controlar nuestra atención. Esta facultad que el psicólogo de Harvard William James hace más de 100 años ya había evaluado como la más importante facultad que tiene la mente de un ser humano (y la marca que distingue a una persona genial de los demás), aunque puede estar favorecida por la genética, es sobre todo un hábito. Nuestros hábitos navegando en Internet y nuestros hábitos usando nuestro smartphone van entrenando nuestra atención a motivarse sólo cuando hay una promesa de una recompensa avisada por una estimulante señal (como los botones rojos que nos llaman a checar nuestras notificaciones en Facebook, como si se tratara de algo urgente). Asimismo, el multitasking característico de la experiencia en línea de múltiples pestañas y de las push-notifications de los teléfonos hace obviamente que vivamos en lo que ha sido llamada una “continua atención parcial”, que estemos poquito en muchas partes a la vez, pero no enteramente en ningún lugar. Como dice la autora Nancy Collier: “somos adictos a salirnos del momento. Nos distraemos de dónde estamos”. En gran medida la dopamina digital es la droga del mindlessness y es una de las grandes razones por las que se ha vuelto tan popular el movimiento del mindfulness, un urgente antídoto que también está siendo cooptado por la economía capitalista, reduciéndolo al llamado “McMindfulness”, bajo la lógica perversa de primero crear la enfermedad y luego vender el remedio. 

Son muchas las formas en las que vemos cómo la adicción a la anticipación de una recompensa que efectúa la tecnología digital está diezmando nuestras capacidades de cultivar la atención y de desarrollar una felicidad no basada en efímeros placeres externos. Desde accidentes producidos por manejar o caminar distraídos por ir checando el teléfono, trastornos sexuales por sólo sentir atracción por imágenes pornográficas o por la pornificación de las relaciones (cuando esperamos que el sexo en la vida real sea como en el porno), alienación social (cuando perdemos habilidades y motivación para conectar con las personas en el mundo real porque es más fácil hacerlo en línea), severa procrastinación (cuando se fue el día y te das cuenta de que no hiciste nada para ese proyecto que te ilusiona porque pasaste horas divagando en Facebook) o simplemente una incapacidad por interesarse por cosas complejas, que significan un reto intelectual y cuya recompensa no es del todo evidente. No es noticia ya que los textos largos en Internet cada vez son menos leídos -y seguramente un gran porcentaje de las personas que se hubieran beneficiado de leer este texto no lo terminarán, justamente porque no ofrece una clara promesa de recompensa. El usuario siente vacío o incomodidad al enfrentarse con largos bloques de texto que no le brindan estímulos como notificaciones, botones de colores, fáciles descansos o la posibilidad de encontrarse con una excitante o reconfortante imagen, sexy o familiar. Esto es lamentable, ya que lo que realmente fortalece la mente es la atención unifocal, la concentración sostenida y no el multitasking, algo que supieron muy bien los contemplativos de la India védica hace ya unos 3 mil años, desarrollando el samadhi, o la concentración que pacifica la mente. Los sabios de la India entendieron que el poder de la mente para conocer la realidad está en su inmovilidad, en su indivisa atención. Si no podemos sostener nuestra atención 20 minutos para leer algo que representa un desafío o hacer algo que no nos parece divertido pero que a la larga podría significar un beneficio, tenemos serios problemas, porque lo que está en riesgo ya no sólo es el control de la atención sino la fuerza de voluntad, cosas que, por lo demás, están estrechamente vinculadas entre sí y con las vías de dopamina del cerebro.

El problema de habituar el sistema de dopamina a las fáciles recompensas intermitentes (pero constantes o siempre disponibles) de la tecnología digital es que hace que otro tipo de tareas que no traen una recompensa cercana o inmediata nos sean más difíciles. Por ejemplo, aprender un nuevo idioma o tocar un instrumento musical -cuyo placer suele estar mayormente vinculado a una etapa muy posterior al proceso en el que ya lo dominamos- no sólo se complica porque no dominamos nuestra atención; también porque estamos acostumbrados a recibir recompensas muy evidentes a corto plazo. Y nos cuesta sostener la motivación y la fuerza de voluntad para hacer algo que no nos hace sentir bien inmediatamente -ya que estamos entrenados a funcionar a través de rápidas dosis de placer y no a entender que, aunque no vamos a recibir placer en este momento, el beneficio a la larga será mucho mayor. Lo cual recuerda el famoso experimento de los malvaviscos de la Universidad de Stanford. En él, un grupo de investigadores presentó a unos niños pequeños la opción de comerse un malvavisco en el momento o esperar unos 15 minutos después de los cuales, si se evitaba comerse el primero, recibirían dos o más malvaviscos. Los investigadores descubrieron -dando seguimiento a los casos particulares a través de los años- que los niños que supieron esperar probaron tener mejores resultados en la escuela, ser más sanos y tener familias más felices. La tecnología digital nos hace un poco como los niños que no saben esperar a recibir más malvavsicos -que se van por la carnada, y no esperan a recibir cosas más significativas. El poeta sufí Rumi dijo "Tira tu manojo de azúcar para convertirte en el campo de azúcar."

Las actividades que no suelen presentarnos una recompensa inmediata o que no presentan un beneficio personal evidente son las que nos hacen verdaderamente humanos, nos permiten crecer y nos llevan a los aspectos sublimes de la existencia; nos hacen movernos hacia un plano de significado y propósito y ya no sólo de placer y autogratificación. O hacia la eudaimonía, más allá del hedonismo. Esto es, una felicidad sostenible no basada en los placeres sensoriales externos, sino en la satisfacción de realizar cosas que tienen un sentido y un propósito más grande que nosotros mismos, como pueden ser el arte o el altruismo. Para contrarrestar la dopamina digital debemos practicar una higiene digital y un dharma que tenga una salida offline.

Llama la atención un reciente artículo de The Guardian en el cual se menciona a por lo menos cinco importantes ex empleados de empresas de Silicon Valley que no sólo han renunciado a sus puestos, sino que incluso se han impuesto severas restricciones en su "dieta digital" para evitar perder el tiempo en redes sociales o checando en exceso sus teléfonos, mismas que han aplicado con sus familias. Hace unos años salió una nota que mencionaba que Steve Jobs no dejaba que sus hijos usaran los iPads que él mismo había creado. Los insiders saben que hay algo que lastima seriamente nuestra humanidad al pasar tanto tiempo conectados. Como señala el mismo artículo de The Guardian, los insiders aplican la máxima del rapero Biggie, quien en una canción, hablando sobre el crack, decía: “nunca te eleves con tu propia mercancía”. En este caso, no porque no sea bueno para el negocio, sino porque saben que la tecnología digital -como la estamos diseñando actualmente- es una mala droga.

 

Twitter del autor: @alepholo